Monday, June 6, 2011

La última receta

“Papá, me pasas la sal?” preguntó Ramón, masticando monstruosamente un pedazo gigante de carne medio cocida. Era muy raro, a mí no me gustaba tanto la carne cuando tenía seis años. A esa edad yo vivía en Chile. No comía tanto, solamente me importaba que mis comidas estuvieran acompañadas por una gaseosa. No hubiera podido sobrevivir mi infancia sin Fanta, una bebida de naranja.

Me quité mi chaqueta porque hacía demasiado calor: siempre había mucho sol en Caracas. Sudando y respirando profundamente, tomé un vaso entero de agua y seguí jugando a las escondidas con mis amigos. No creo que hubiera sobrevivido mi vida sin ellos. Siempre tuve que estar con amigos para sentirme cómodo. Ya era hora de almuerzo. El tiempo siempre volaba porque me gustaba mucho las clases. Abrí mi lonchera y saqué los papa chips de barbeque y el jugito tutti fruti. Las papas se acabaron en un instante porque compartí con mis amigos. En realidad no me importaba, solo tenía sed otra vez. Miré la cajita de jugo y había un dibujo de un mango. Los mangos eran muy caros en donde yo nací porque no se podían cultivarlos en Corea y los debían importar. Terminé mi jugo apenas cuando mi profesora de primaria nos estaban llamando para que entráramos vuelta al salón.

Mientras sacaba un billete de dos mil pesos de mi billetera, pedí un perro caliente con todas las salsas que tenían excepto la de piña. No nos dejaban ir al “bookstore” cuando estábamos en escuela elemental pero ya que era de escuela media, podía comprar mi almuerzo ahí cuando quería. Sólo estaba en sexto pero ya me sentía como un adulto. Mis papas me confiaban más y decidieron darme más plata para comprar comida de vez en cuando. Pero normalmente, yo comía en la cafetería del colegio y siempre repetía cuando daban ajiaco, una sopa típica de Colombia.

Puse salsa de soya en mi sushi y empecé a comer con los palitos chinos. Estábamos en un restaurante japonés con mis papas y mi hermano porque ya se iba ir a la universidad en Estados Unidos. Mi hermano y yo casi nunca peleábamos desde que éramos pequeños. Comparado a muchos otros, íbamos muy bien. Siempre me compraba regalos como ipods, juegos y ropa: Pero yo no estaba triste que era su último día en Colombia porque pocos años después, estaba comiendo una hamburguesa con él en la universidad. No quería estudiar en el mismo lugar que mi hermano pero mis papás siguieron insistiendo que me ayudaría mucho académicamente y al final me pudieron convencer.

Comí un sándwich nerviosamente antes de ir a una entrevista para un negocio de autos. Agarré una cervilleta para limpiar mi boca. Si entraba a este negocio, podría irme devuelta a Colombia y ver a mi familia otra vez! No sabía exactamente lo que quería para mi futuro pero pensé que estar con la familia era algo importante. No creí que lo pudiera lograr pero como si fuera chispas, se voló un año completo y ya estaba tomando vino con mi papá, quien me felicitaba por entrar al negocio nuevo y por también poder ayudarle en su trabajo de textiles.

Estaba comprando dos helados para mi esposa y para mí. Siempre sentía que algo faltaba en mi vida. No sé que era, pero no estaba satisfecho. Ya habían pasado exactamente ocho años desde que me había casado con mi esposa. Para celebrar el aniversario, reservé una mesa en un restaurante argentino para comer carne. “Nack, querido, en que piensas tanto? Ramón te está preguntando algo.” Mi esposa estaba llamando mi atención. Terminando el pedazo de carne en mi tenedor, le pasé la sal a mi hijo. “Gracias, pá,” me dijo Ramón, sonriéndome. Le devolví su sonrisa y me di cuenta de que la única cosa que me faltaba en mi vida era solamente un poquito de sal.

0 comments: